Life & Letters

Correspondence

About this Document

Title:

Author(s): Alvaro Armando Vasseur

Publication information:

Whitman Archive ID: med.00645


WALT WHITMAN

Prólogo para la sexta edición

Siempre he deplorado que Marti, que tanta admiración sentía por el Aeda orquestal, no hubiera traducido, — o aconsejado lo intentára algún compañero suyo — las Briznas más características. En vez de tantas banalidades novelescas. De tantas crónicas momentáneas. Que tampoco lo intentara cierto poeta colombiano, que ya en 1896 versificaba en versículos rítmicos, López Pena (ver una muestra, en algún número de “La Revista Nacional” — 1896-97). También Varona, Nervo, Tablada, pudieron haberlo hecho antes de 1900. Estos, sin contar los hispánicos, residentes o turistas que lo conocieron directamente.

De Darío, que lo leyó antes de escribir “La canción de Oro” (en “Azul”), no había que esperarlo. Explorar sus posibilidades líricas, eso sí, según parece percibirse en algunos poemas en prosa: (“Canta para el marino que partirá para un largo viaje”); (“Oh estrella que estás tan lejos, quien besara tus labios luminosos”), etc. Nunca traducirlo a fin de enriquecer la sensibilidad y renovar la fantasía de los hispanoamericanos. En los más, depauperados por las variedades retóricas tradicionales; en pocos, estragadas por las “finas hierbas” simbolistas y las especias neo-místicas finiseculares. Ni aún incluirlo en la galería de sus Raros, como tampoco a Thoreau, Hawthorne, Mallarmé, Verhaeren, René Ghil, Laforgue, Vielle Griffin, Gs. Skampf, de Quental, etc. Bastábanle sus fetiches inactuales y sus bibelots exóticos. Bien lo concreta, en el prólogo de “Prosas Profanas”: Lo demás es tuyo W. Whitman.

El volumen de la 6.a edición de “Leaves of Grass” lo ví en la mesilla de labor de Lugones, señoreando las pilas de libros franceses modernistas. Abierto en la hoja del retrato en mangas de camisa y ancho chambergo. Debía ser obsequio de Darío en alguno de aquellos cambios repentinos de domicilio a que le obligaban los caseros bonaerenses que no consentían en albergarlo “ad honorem”...

Lugones lo descubre en 1896. Ya interviene con Hugo en la transformación del lirismo de sus mocedades. Alienta visiblemente en “La Voz contra la Roca”, que Groussac publica en 1898 en un número de “La Biblioteca”; aparece como introducción a “Las Montañas del Oro” (primera edición costeada por Luis Berisso, el benemérito anfitrión de “La Siringa”). De los cuatro grandes oráculos poéticos que Lugones evoca, Whitman es el segundo: Hugo, Whitman, Dante, Homero. El volumen termina con el “Himno de las Torres”, soplado en las trompetas tonales del Yankee: “Trompettes tout haut d'or pamés sur des velins”.

En cualesquiera Antología poética de Hugo podrían hallarse múltiples versos en los que la “brizna de hierba”, la feuille, la gota de agua, de rocío, aparecen en función de antítesis de las máximas abstracciones: Boca de sombra, Pan, Zeus, Océano, Universo, Providencia, Dios, eternidad. Así Vacquerie, íntimo de Hugo durante el destierro en la isla nórdica de Guernesey escribe a su amigo Lefebre a propósito de la aparición de “Las Contemplaciones” (1856); “Materialmente son diez mil versos; moralmente son todos los problemas terrestres: “depuis la plainte du brin d'herbe jusqu'au sanglot du père. Menciona tranquilamente “l'âme du caillou, du roc, de la bête, de la plante, etc.”.

De suerte que el título de los poemas de Whitman pudo ser una reminiscencia de Hugo, como algunas de sus “ojeadas democráticas”.

Justifican las sapiencias que esos vates se atribuyen así: “Dieu dit son secret a la feuille d'herbe”. L'éternité parie ä la rosée. Lá vague exprime l'oceân”. Un alejandrino de “La Voz” de Lugones traduce: “Dios dice su secreto a la hoja de hierba”. Dunque: el volúmen y el retrato de Whitman presiden la rústica mesilla, contra la pared, en el pisito de la calle Balcarce cuyas dos ventanas daban al Plata. Aquel atalaya — donde hizo el primer nido conyugal, y nació el unigénito: — “Ya no soy el siniestro corsario del destino, Una flor ha brotado sobre mi crucifijo” (1898).

Aquella barcarola: “Va la tarde a la ribera, toda el agua reverbera: Se habrá hundido algún tesoro bajo el vértigo del mar?”

Pisito ya acaso inexistente, donde cinceló tantos poemas y prosas novedosas; “El solterón”, “Las Torres”, muchos de los “Crepúsculos del Jardín”, los capítulos básicos de “La Guerra Gaucha”, y la “Oración pro Cuba Libre” (1898).

Habrá que fijar algún día una placa conmemorativa en la fachada correspondiente a la casa y al piso de la antigua calle Balcarce; ya que si ahondamos algo, vemos que las censuras al modernismo lírico, — como adaptación del modernismo francés, — metros, ritmos, tono, imaginería, hasta cierta variedad de temas, — pueden también hacerse extensivos a los géneros poéticos criollos, en lengua, metro, ritmo, tono, y criterio heroista, análogos a los de los romances hispánicos. Iguales reparos pueden formularse a los versículos de las “Briznas”, similares, a los judeo-cristianos bíblicos, como estos lo son de los versículos babilonios, en que oraban a Ishtar, describían su “Descenso al Infierno”, o narraban las peregrinaciones de Gil Gamesh!

Con los idiomas se importaron las semillas poéticas, artísticas, culturales. Lo personal se manifiesta en los complejos anímicos circunstanciales; en los modos, y tonos emotivos e intelectuales. Es tan ínfimo, en lo poético o filosófico, como en lo biológico o morfológico. Aunque ínfimo, puede y suele ser precioso: Como las flores silvestres o las variedades de invernáculo, las piedrecillas o los metales raros, las especias o substancias odoríferas.

El aroma estético de esas quintaesencias dura un poco más. Como para perfumar una región, una nación, una civilidad.

Ojeando en 1942 la Antología Lírica de Lugones pude comprobar una vez más, la hermandad literaria cisplatina: En algunas poesías de “Las Montañas de Oro” (1896) vibra la sugestión de “Cantos de Maldoror; en la prosa de “La Guerra Gaucha” las páginas más épicas de “Campo” de Javier de Viana; en “El Lunario”, el humorismo funambulesco de Laforgue (Complaintes de notre Dame La Lune); en las “Odas Seculares” (1910) el acento y la entonación augurales que inspiráran “La Colina del Belvedere”, “A la Tierra Uruguaya” “La Oda a Montevideo” y la “Oda a Atlántida” (1904-1906).

Cuando el gran poeta quiere caracterizar, glorificando las mieses, los rebaños, las riquezas fluviales, y cordilleranas de su patria, adopta la entonación, el acento augurales, magnificándolos en su alta voz, detallista, realista, capaz de todas las transfiguraciones de ritmo y de color.

En 1902, en la Librería Comini, en Montevideo, hallé los dos breviarios de la versión italiana, de las Briznas editados por Sonsogno (Milano 1896). Algunos versículos aparecen al frente de uno o dos capítulos de “Cantos Augurales” (Montevideo 1904). Como el libérrimo fervor eufórico, en el “Salmo a los árboles” (1905) de Cantos del Nuevo Mundo (1906).

En el verano de 1908, en S. Stian., España, supe por L. Taillhade (el del “beau geste”) como Bazalguette, había sido llevado a la ímproba empresa de traducirlo al francés, un cuarto de siglo después de las imitaciones y versiones del núcleo francés inicial: Laforgue, René Ghil, Vielle Griffin. Y desde 1895, por Veraheren. Si no me equivoco, —dada la lejanía,— la versión de Bazalguette fué lanzada por la editorial de “El Mercurio de France” en 1908 o 1909. Llegado en Marzo de 1907, hacía casi dos años que residía en la capital balnearia. La mayoría de mis amistades eran inglesas. En uno de esos gratos “homes”, (él, viejo coronel jubilado, ella dedicando algunas horas a lecciones de inglés), entre muchos otros libros en prosa y en verso; algunos de Blake, Worthword, Colleridge, Rosseti, Tennyson, Symonds, Longfellow, Poe, Whitman; Leaves of Grass. Era la tercera entrevista. La segunda había sido en la Biblioteca del Dr. Vitale, de 1905 a 1906, en Montevideo.

Las estrofas de estos líricos le servían de miel con las que solía endulzar los bordes de la copa de su enseñanza lingüística. En la enseñanza oral y en los cuadernos de ejercicios. Poseía cuadernos de versiones sumarias, de trozos literales... Era el método que había seguido mi madre, hacía mis cuatro o cinco años, para facilitarme la lectura del castellano. Ya que mi lengua materna, la del hogar de mis padres, era el francés, hasta pasados los quince años. Recuerdo que al referir a Lugones en 1897 que mi madre me había enseñado a leer español, en “Martín Fierro”, en aquellas rústicas ediciones de 1880, subrayó encantado, para significarme cuanto lo sabía y lo amaba:



“Con oros, copas y bastos
Juega allí mi pensamiento”.


Ni en La Plata —donde tuve un viejo amigo inglés—, siempre con “La Odisea” en griego,— ni en Buenos Aires, ni en San Sebastián, ni en Nápoles. donde también tuvimos una profesora de inglés, pude internarme hasta asimilar las voces y tónicas anglo-sajonas. A pesar de los cuadernos de ejercicios y de los diccionarios, más las asimilaron mi mujer y mi hijo. En general, cuando tenía necesidad de traducir lo intentaba bien acompañado.

Harto diversas y simultáneas solían ser mis preocupaciones. Singularmente, en aquella primera etapa hispano-anglo-francesa.

Muchísima música clásica y moderna: Estudios y experiencias meta-psíquicas. Astualidades filosóficas en tantos rumbos y plafones. Relaciones culturales con Boutroux, Hoffding, Lalande, Bergson, X. Leon, Mme. Adam, Mauclair, Verhaeren, Taillhade, Schiller, de Oxford. Comentarios y críticas de sus obras, lo propio que de las de los ingleses, Gurney, Myers; del ruso Adkassoff, de Delacroix, Weber, Peirce, Eucken, Simmel, Mayerson, Feuillee, Brunschvicq, etc. Colaboración en diarios locales con diversos pseudónimos, siempre en defensa de “La Vieja Causa”. Algunas de ellas, significativas. Además, la labor de construcción y botadura de algunos veleros: “Cantos del Otro Yo”, “Cantos del Penitente”. El drama “Gloria”; ensayo sobre las “Ideas de materia, de razón”, “de espíritu”. El ensayo en torno a las “Ideas de Igualdad y Solidaridad Sociales”. Las versiones de los estudios de Delacroix y de Hoffding sobre la personalidad de Kierkegaard. La mitad de los Poemas de Whitman; la versión del “Catecismo Cívico” de Lalande; el de “La Representación Proporcional”. El opúsculo sobre “El primer Congreso Sindicalista Internacional de París” (1908) con los discursos de los líderes del Síndicalismo. El Memorándum acerca de “Las Escuelas de Nurses” en Londres (1908).

Todo ello, y lo olvidado, en medio de múltiples atenciones y ajetreos, en torno de aquel centro estival de cultura artística que ora el gran Casino, donde desfilaban los divos de la música, el canto, la danza y el juego ante plateas de suntuosas variedades cosmopolitas.

Nunca he comentado, ni ante ciertos reparos, defendido, la versión castellana de los “Poemas”. La emprendí, como tantas otras empresas, con ánimo magisterial. Seleccionando los salmos más entusiastas, más significativamente americanistas. Haciéndome leer el original, verificando las versiones, prefiriendo la más rítmica. Depurando, podando, y a trechos, enriqueciéndola con alguna centella. Como la de “las Catedrales enhebradoras de estrellas”. Disparates poéticos menos pueriles que aquel de Darío:



“Oh estrella que están tan lejos,
quien besara tus labios luminosos”;


o aquel exabrupto, en el último verso del canto al primer Roosevelt, en el que trata de “una cosa” al concepto de la suma Infinidad: “Y si lo tenéis todo os falta una cosa: Dios”.

Dejé de lado, sendas crudezas, redundancias, trivialidades. Singularmente, las debilidades y sensiblerías seniles.

De esta guisa la selección resultó ser el sursum que aquellas inorientadas generaciones habían menester.

La renovación poética temática —no emana del motin del “camelot” hindo hispano gálico. La inicia Burn, la continúa Wordswosth, la acentúa democráticamente Whitman. La continuamos nosotros con los Cantos Augurales y luego con la versión de las “Briznas”. Siempre nos hemos congratulado de haber acertado con lo que había que hacer. Fué un grande, un afortunado acierto. Y como tal, por las incalculables resonancias ulteriores, un acontecimiento cultural. De influencias morales y poéticas superiores a las que sussitara, en lengua inglesa. la versión de FitzGerard, de los Rubiyat de Omar Khayyam. Lo mejor que podía intentarse en el formato de los volúmenes —a peseta— de la Biblioteca Popular de Sempere. (Valencia, España).

La nuestra no es “versión sectaria”, ni polémica, ni perversa. Es la recreación de un pensador: “mais vous, vous étes un philosophe”, frase de Bergson en 1909) que siembra, para nutrir, fortalecer, exaltar a las mocedades. Prosa poética, poesía prosaica, de ética vitalista, de un “homo faber”, consciente de los destinos continentales: Que proclama su fe en el progreso tecnológico y social. La marcha de las generaciones americanas hacia fines de más en más prósperos; confianza y esperanza en todo y para todos.

No es lo mismo actuar de 1900 a 1910 que de 1934 a 1938, o de 1942 a 1945. Reconsidérese aquella situación hispánica: en 1909, Ferrer, fundador de la “Escuela Moderna” es fusilado en Monjuich por orden del académico Maura, y de su ministro Lacierva. Sospechosos cuantos propagaban o poseían libros de aquella Biblioteca, una de cuyas ramas dirigía nuestro amigo Odon de Buen. Marquina iba a Palacio a leer sus reconstrucciones melodramáticas. Valle Inclán, evocaba las gestas de las montoneras Carlistas. Machado confesaba “que a pesar de sus gotas de sangre jacobina, sus versos brotaban de manantial sereno”, Unamuno, predicando en Salamanca, proseguía sus cuquerías, ambidextrás. Nervo se preguntaba, — acaso con más humor político y literario que místico: “Adónde van los muertos, Señor, adónde van?”

En aquella molicie tradicionalista —modelo de nuestras oligarquías, de antifaces democráticos,— raros eran los que como Galdós, Iglesias, Blasco Ibáñez, Giner, Cossío, Soriano, algunos de “España Moderna” y de la “Revista Blanca”, conservaban el fuego sacro; el fuego crítico, racionalista, civilizador.

Sempere daba a luz en 1908, nuestros comentarios a los “Orígenes de la Familia y del Estado” de Marx y Engels, comentos escritos en Montevideo de 1901 a 1903. Pueyo publicaba “El Memorial” — 1908, donde abundan páginas genuinamente racionalistas, — como “El juego de la Palabra” — inserto en “El Día”, en 1906, y el destierro de Ovidio, — en 1908.

Debo señalar que el mismo año, —1912—, o en el siguiente — en que Sempere lanza las dos obras. “Cantos del Nuevo Mundo” y “Poemas de Walt Whitman”, florecen en Estados Unidos diversas renovaciones líricas: la revista “Poetas”, las “Canciones” de ErzaEzra Pound; luego los “Poemas de Chicago” de Sandburg; y hacia 1915 la Antología de “Spoon River” de Lee Master.

Si se considera el poder de difusión, en ambos mundos que habían alcanzado las ediciones económicas de la “Editorial Sempere”, no sorprenderá que el lanzamiento de nuestras obras, —la hija y la ahijada— hayan contribuído a esos y otros renacimientos poéticos... Síngularmente el prólogo, entusiasta, augural a los “Poemas” del Yankee...

Nuestro objeto actual es defensivo; del carácter selectivo de la versión; y de las arbitrarias, contradictorias, opiniones de Santayana... (De ahí sus ecos entre los selenitas, cabalgantes en Pegasillos de sangre harto fría...).

Doy tres aspectos de ellas, escritas en diferentes épocas, La segunda en que reconoce que “no puede haber más conocimiento que el ue reposa en la fe animal”; que la ciencia natural es el símbolo humano de esos hechos, enmienda no pocas de los reparos críticos expuestos en la primera.

“Su mundo — dice — no conoce pasiones personales, caracteres, destinos. Es un mundo sin consistencia, ni plan; más bien, un caos, una fantasmagoría de contínuas visiones internas, vívidas, pero monótonas y ¡difíciles de distinguir! en el recuerdo, como las olas de un mar o las decoraciones de un templo bárbaro. Sublimes, sólo por la infinita agregación de las partes”: Sublimes!

Riqueza de percepción sin orden inteligente, de fantasía sin gusto, es lo que caracteriza su genio. No hay poeta que lo iguale en aprehender los aspectos elementales de las cosas. Su visión de lo inmediato y primario, de lo concreto e individual se une a un poder de caracterización gráfica que falto de estilo sostenido, de principio fijo de selección le permite expresar aspectos de las cosas y de las emociones que se ocultarían a un escritor más avezado. Su poesía no se rige por un pensamiento coordinador, ni por un molde formal que organice sus fragmentos con unidad, ni por el recuerdo de otros poetas. Frente a este estilo bautismal, todos los antiguos poetas resultan artificiosos y convencionales (¡qué elogio!) El se engolfa en la vida común sin confrontarla con algún ideal valioso; la considera como efecto e indicio de las fuerzas más indeterminadas y elementales. Así la vulgaridad en medio de un escenario cósmico acaba por parecerle sublime.

Es el poeta del hombre común; y querría que todos los hombres fuesen comunes (“También querría forjar grandes individuos”). En su obra no hay relato; no hay personajes. Su héroe es yo, el hombre de hoy y de mañana, vigoroso, cordial, rusticano, manual, de los campos y de las ciudades, singularmente, errabundos, conductores, pioneros. Los que creen que él representa el espíritu norteamericano, son extranjeros, deseosos de hallar alguna expresión ¿grotesca? del genio de un pueblo tan asombroso”. El extranjero es Santayana. Tampoco es popular, aunque sus versos tengan sentido gregario, amistad, y confraternidad humanas. Si hubiera podido ahondar y comprender a los hombres comunes de sus tierras habría comprobado, que nada está más lejos del hombre común que “el malsano deseo de ser primitivo”, Los pobres profesan el culto de los héroes, y creen que la riqueza, el poder, el saber, el amor son bienes indudables. La obra de W. es “la de un bárbaro”, tanto por su filosofía como por su forma. “Su valor hay que buscarlo en la simple y elemental grandeza que su pensamiento y su arte suelen alcanzar. Ya que a lo que él apela en definitiva ¿no es a razonadas aspiraciones sociales? sino a impulsos más genéricos y primitivos? Habla a aquellas almas y aquellas circunstancias de alma en que lo dominante es la sensualidad insuflada de bajo misticismo. Librándonos de convenciones tradicionales, descendiendo al nivel de los sentidos y de los instintos, nos ilusiona de que así tornamos a la naturaleza; o nos remontamos a lo infinito. El misticismo nos vuelve orgullosos y beatos al renunciar a la obra de la inteligencia, tanto en el pensamiento como en la vida; nos persuade que seremos divinos continuando rudimentariamente humanos“.

Sin duda habría que saber, cuándo, dónde, porqué, el profesor que acaso de joven gustó de la poesía de Whitman hasta empalagarse, o nunca pudo soportar sus “Fugas” y “Sonatas”, arremetió luego contra las “Briznas”. A menudo azares emotivos, circunstancias arracionales, soliviantan el ánimo, descargan los resortes íntimos, determinando actitudes, conductas, distribas. Vivencias apasionadas que de conocerse, explicarían los entusiasmos, de la juventud, las reacciones de la madurez. O se trata de tipos lúcidos, sintéticos, a quienes desagradan las incoherencias y las superabundancias. La ausencia de delicadeza y de finura, de los exquisitos; la banalidad de esos realismos ingenuos que no alcanzan la alta espiritualidad de la inteligencia crítica...

Sin duda exacerban al sin patria Santayana las “versiones” y exaltaciones latinas del aeda de percusión: Drum-taps. ¡La difusión ecuménica de ese evangelio de la “sans façons”, de ese linyerismo en mangas de camisa, de acordeón y sexofón!...

Dejar invadir así los pueblos hispánicos, amamantados “en la difícil facilidad y en la árdua sencillez” de los romances heróicos! Difundir al acordeonista cuando habían ya alcanzado su sazón, las líricas simbolistas, la poesía y la filosofía abstractas: los máximos juegos cualitativos. Retrotraer la poesía a los balbuceos teogónicos, — cuando en las cavernas fáunicas las cabras hacían de oráculos. Profanizar así la deidad de los gestos y las sílabas mágicas; la sobria técnica de los sortilegios! Y una vez más el filósofo denuncia que la “ley brutal del éxito, no es ética, ni estética, ni metafísica”. Sin duda, en cierta medida su expansión lírica procede del carácter dinámico; exaltador de los valores vitales. Desdeñosa de las antiguas poesías del descontento, del desfallecimientos; de las añoranzas. De los surtidores plañideros de Poe, Leopardi, Baudelaire. En la crítica de Santayana al Egotismo Teutónico resaltan consideraciones imparciales que revalorizan al gayo y potencial naturalismo de Whitman. “Tanto el Cristianismo como el romanticismo habían habituado al hombre a desdeñar el valor intrínseco de las cosas. Las cosas debían ser útiles a la “salvación,” debían ser símbolos de otras cosas mayores, aunque desconocidas. Esta vida sólo podía justificarse en la forma en que puede serlo un trabajo servil o una tarea odiosa. No como la salud o la expresión artística se justifican. Los poetas románticos; mediante el orgullo, la inquietud, el anhelo de cosas vagas, imposibles, llegaron a la misma conclusión que la Iglesia. Estar insatisfecho parecía signo de distinción. Como los románticos pudieron creer tales falsedades? Por su errónea interpretación mística de la naturaleza humana, que es quizá la esencia del romanticismo. Imaginan que lo que desean no es esto o lo otro: alimento, prole, triunfo, cultura o cualesquiera otro, objetivo específico. Sino una dicha abstracta y perpetua, que existiría detrás de tales necesidades o intereses. Más, una dicha abstracta es imposible, por la razón fundamental de que no poseemos ningún instinto abstracto y perpétuo que satisfacer. Cualquier bien sumo que se anhele alcanzar, separado de todo interés específico, es más que inasequible; es impensable. Podían haber aprendido en Platón o en cualesquier moralista sano que el bien del hombre consiste en la armonía de aquellas funciones específicas que expresan su naturaleza. A pesar de sentir la vida como tragedia, Schopenhauer comprendió el valor intrínseco de la dicha. Sentía instintamente la riqueza del mundo moral. Fué pues esta secreta simpatía hacia la naturaleza la que lo distanció del cristianismo y de las metafísicas trascendentales. No obstante, como los bienes naturales no pueden ser deseados o poseídos para siempre, desconsideró su valor, creyendo que también los desdeñaban aquellos que los deseaban o los poseían.

La levadura romántica que todavía fermentaba en él, fué lo que le impidió reconocer el reino natural en el que puede establecerse la armonía vital. Tal parodia romántica de la vida, tal criterio de la anarquía metafísica fueron heredadas por Nietzsche. El dolor de Schopenhauer, ante los azares trágicos de la naturaleza y de la historia, su desesperada solución — la negación de vivir, — su pesimismo contemplativo eran otros tantos homenajes a la fe que había perdido”.

Veamos ahora las opiniones aún más naturalistas de la madurez del filósofo: “las ideas tienen un valor simbólico, expresivo. Son notas íntimas que las pasiones y el arte hacen resonar. Llegaron a parecer racionales, por su armonía vital, (la razón es una armonía de pasiones) y por su conexión con las contingencias externas (pues la razón, es una armonía de la vida interior con el destino y la verdad.

Debía pues hallar qué clase de sapiencia puede ser alcanzada por un animal cuya mente es poética. Y hallé que no puede implicar la falta de sinceridad que supone rechazar la poesía en pro de una ciencia que se juzga veraz, y esclarecida. La sapiencia consiste en considerarlo todo con cierto buen humor, con su granito de sal. La ciencia es el acompañamiento intelectual del arte. Como puede la experiencia universal apoyarse en otra base que no sea la fantasía del psicólogo o del poeta.

He llegado pues a observar el surgir de la conciencia en el organismo. Una psique, de mecanismo hereditario, administra cada organismo animal, hasta constituir una mente que sufre, sueña y espera. Tanto Fraser como Freud han evidenciado cuán rica y loca es la mente en su esencia. Qué hondo es su juego en la vida animal. Qué remotas, sus más hondas impresiones como para poder interpretar sus verdaderas causas. La vida corporal, modificada, se desarrolla en un circuito cerrado de hábitos y acciones. Cada mente es su expresión espiritual concomitente, hepifenomenal o hipostática. Ya que lo motriz y las tensiones orgánicas, animales, se sintetizan en otro plano del ser: en las intuiciones y sentimientos auténticos. Esta fertilidad espiritual de los cuerpos vivientes es la más natural de las cosas. Soy pues un naturalista, un animalista, un fantasista. Naturaleza, historia, alma, son presencias fantasmales, o nociones de ellas; la existencia de tales imágenes llega a ser algo puramente íntimo en ellas. No poseen sustancia ni contenido oculto. Son pura apariencia. A tal ser o cualidad de ser así, las llamo esencias. Su reino es externo, infinito. Vistas como esencias las ideas son compatibles y se complementan como medios de expresión.

Fe animal — tanto en las sensaciones como en las ideas esencias. Así todo el ajuar sensual e intelectual de la mente se trueca en una reserva de donde extrae sus fórmulas, y confabula la pueril poesía íntima en que habla consigo, de cuanto se le ocurre. Todo resulta cuento, urdido por un soñador.

De modo que filosofía del arte — y filosofía de la historia — resultan meros verbalismos. En arte, destreza manual, tradición profesional; y en el plano contemplativo, intuición de esencias, con el goce intelectual, propio de toda intuición. No distingo entre valores morales y estéticos; la belleza, si bella es bien moral, entendida como economía o distracción útil. El bien, realizado es fuente de gozo, es pues estético. Cuando el goce es ciego, es placer, cuando se vuelve imagen sensible, es belleza. Cuando se difunde en nuestra mente es consuelo, dicha, amor. No carece de locura el arte. Está lleno de inercia, afectación, y puede parecer feo, a un espíritu cultivado.


Cuán distintos habrían sido sus comentos si hubiera considerado las “Briznas” de Whitman con la sanidad naturalista con que analizó el egotismo especulativo alemán; y más aún, con el criterio poéticamente animalista que caracteriza las opiniones de su alta madurez.

Unas y otras realzan la obra y la vida de nuestro gayo aeda. Exento de tantos añejos fermentos románticos, de egotismos megalomaníacos; de afectaciones retóricas, mistagógias e iluminísmos.

Sintiendo, expresando lo que medio siglo después, concretaría su crítico, en sus “Diálogos”. Que la experiencia lírica lo propio que la psicología literaria son modos vitales de una raza animal en un rincón del mundo natural. Todas las actividades que llamamos racionales proceden de la vida animal del hombre en medio de la naturaleza. El animal poético es susceptible de adaptación, educación y elevación espirituales. Su vida, digna de ser vivida; divinos todos los oficios, en cuanto propician la salud y la independencia de la persona. Tan natural y bella la muerte como la vida. Celebrando al hombre común, las masas de hombres comunes, como celebra las praderas y las tierras labrantias, matrices de siembras y de cosechas vegetales, humanas, sociales. Contemplándolo todo, liberado del querer, de la perversa voluntad de dominio, que tan diversamente aguijonea a las masas y a sus amasadores.

Así, lo que el crítico, — “para quien todas las éticas son expresiones de la vida animal” — denomina “fantasmagoría fluída, sin orden ni plan”, es esa excelsitud temperamental, que poetiza lo prosaico, ennoblece lo vulgar, por encima del juego cómico, dramático o trágico, de los antagonismos. Si hojeamos “La Imitación”, de Kempis nos sobrecoge el tono de resignación y desasimiento vitales. Si nos engolfamos en los “Poemas” de Whitman nos conforta la alegría sinfónica de las imágenes y de las perspectivas, gozosas o graves, triviales o solemnes. Esta riqueza eufórica, que se complace consigo, con los seres, y las formas ambientales, esta excepcional magnitud de cordialidad, emana de la misma surgente de vocación heroica que la selva de altas ecuonimidades de Spinoza que tanto admiraba Heine. Es lo que en las miserias cotidianas y en las angustias creadoras solemos considerar excelso. Mágíco don poético, de comprender, señorear, trascender, que el simple artesano, crecido en un hogar de artesanos, el hijo de la Van Velsor poseía; y se ha llevado consigo el don y el secreto de tal excelsitud.

Fué ésto, que aún nos sorprende, cuando hojeamos nuestra “Selección”, lo que más nos sedujo; lo que nos animó en la empresa de cotejar, seleccionar los temas, y en lo posible, de acrisolarlos. Muchas veces hemos pensado que esa quinta esencia étnica, — más que de la sávia de los raigones anglo-sajones, — provendría de las ubres neerlandesas. Sería la secreta herencia de los Van Velsor.

Su infancia y su adolescencia se desarrollan junto al mar. Ello explica en parte su predilección por los oficios y recreos al aire libre. Sus vagares en Long-Island, hasta la juventud, como los lustros de la madurez de Hugo por las costas de Guernesey, durante el largo exilio: 1858-1871.

“Je suis le vieux rodeur sauvage de la mer,
Qui rode nuit et jour autour des sombres ilès.”


Luego, sea cuál fuere su residencia, Whitman labora y reposa con las ventanas abiertas.

Necesita oxigenarse, sentirse arrullado por los rumores atmosféricos, contemplar los prodigios circulantes de su pinacoteca: albas, auroras, medios días, tardes, crepúsculos, claros de luna, piélagos estelares, ígneos festivales de las borrascas.

Sus pastorales como sus evocaciones urbanas, tienen los desniveles, azares, zigzagueos de los panoramas natales: ribazos pantanosos, yermos pedregosos, arenales, oasis recónditos, sendas extraviadas, rutas comunales. Donde otros vates sueñan entrever espejimos celestes, él ve los elementos de entrambos procesos: el natural y el histórico, fusionando las apariencias y los sueños característicos nacionales hacia el apogeo de la gran República de los Camaradas. Por todos lados, el surgir y el zumbar de las colmenas humanas, en millares de pueblos, en millones de hogares. En este clima geohistórico, florece su autodidaccia, se explica La conmovida respuesta al vaticinio augural de Emerson: “Os debemos el descubrimiento y la conquista del nuevo continente moral americano: la individualidad. A estas playas por vos descubiertas habéis conducido a los Estados Unidos, y me habéis conducido a mí”.

Reconocimiento doblemente sensacional: de deber a Emerson la conciencia del carácter de su individualidad moral de americano. Y la conciencia de ser el poeta de tal americanidad. De estos hontaneres fluirán luego en géiseres cada vez más cenitales la Personalidad, la Nacionalidad, la Universalidad.

Así dará en soñar en la anfictionía de las ciudades de los Estados de la Unión, vinculadas, brazos con brazos, como nosotros soñábamos hacia 1916, haciendo nuestra la canción de Paul Fort, Soñábamos la danza de la Pacificación mundial: “Que danza de fin de guerra — si todo el linaje humano — quisiera darse la mano — alrededor de la Tierra”.

Con frecuencia recuerda que la esclavitud ha sido la base de la economía y de la cultura de las sociedades antiguas; y no obstante, la victoria del Norte contra el Sur, de las urbes contemporáneas; en todos aquellos oficios, industrias y comercios en que el trabajo es siervo del control y del aprovechamiento patronales. Sólo en años posteriores, luego del su servicio social voluntario, en hospitales y ambulancias, se someterá a las jerarquías administrativas.

A semejanza de la del poeta La Fontaine, con quien comparte varios achaques, de la de Rousseau, de los lakistas ingleses, especialmente de Wordsworth, su vida como su obra representa una vuelta a la naturaleza. Arte poética al aire libre, una anticipación del impresionismo.

Entre otras “pruderias” de Santayana, figura la censura a su sensualismo. ¿Cómo el amigo de los presocráticos, el discípulo de Heráclito, Demócrito, Epicuro y Lucrecio, pudo olvidar las surgentes clásicas del arte y de la poesía?

“Ce qu'on apelle gloire — n'est que toi divine volupté — Pourquoi sont fait les dons de Flore? Les soleils couchants, les aurores? Les forets, les eaux, les prairies? Meres des douces reveries? — J'aime le jeu, l'amour, les livres, la musique. La ville, et la campagne, en fin tout. Il n'est rien. Qui no me soit souverein bien. Jusqu'au sombre plaisir d'un coeur melancolique.

Oh Venús, rien ne manque a ton etre — ni les lis ni les roses; ni le melange exquis des plus belles choses, ni le charme secret dont l'oeil est enchanté. Ni la grace, plus belle encore que la beauté. Il n'est soldat ni capitaine, ni prince ni sujet — Qui ne t'ait pour objet.

Viens done; et de ce bien, o douce volupté. Peux tu savoir, combiens? Il m'en faut au moin. Bien plus que j'en ai besoin... Le doux ressouvenir de ces choses charmantes me suit dans les deserts. Hante mon coeur”.

¿Qué es la tradición greco-latina, de Anacreonte a Ovidio? cuyas brasas continúan ardiendo bajo las cenizas judeo-crinstianasjudeo-cristianas — en el Arcipreste de Hita, en las serranas de Santillana, de Villon a Ronsard, de Apuleyo al Decameron, del romante de Tristán a las canciones de Goethe, de Marlowe, al “Laus Veneris” de Swinburne, de Dante a Quevedo, de Ariosto a las eróticas de Carducci?

¿Cuál es la raíz del linaje de los hombres, en Natura Rerum? ¿A quién celebra Lucrecio?

Aeneadum genitriz hominiun divinunque voluptas? Y Alighieri, en los versos finales de cada Cántica?

“L'amor che muove il sole et le altre stelle...” ¿No fulge acaso su fuego inspirador en las pupilas del “filósofo”, en los lustros de la madurez, según lo percibimos en algunos de sus retratos? ¿No fué uno de los motores íntimos de sus empresas, de sus ambiciones, de sus ensueños de gloria espiritual?

Sin duda en la formación poética de Whitman, además de disposiciones temperamentales, de las rutinas familiares y ambientales han confluído varias influencias líricas similares. Lo orientación democrática, y la espontaniedad viviente de Burns; la predilección por los temas rusticanos, las vidas humildes, las gentes sencillas de Worsdworth. “En general — escribía éste en el prólogo de sus Baladas Líricas — elegía vidas humildes y rústicas porque en dicho estado los sentimiento primitivos se manifiestan más viva y hondamente, en sus luchas y trabajos con la naturaleza”.

Desde el modesto y rebelde Burns, ningún poeta de lengua inglesa había sentido como Worsdworth “la alegría que emana de la naturaleza, de los simples deberes, de las elementales actividades. Ninguno las ha expresado en un estilo más pintoresco, ni hecho participar de ella con más intensidad”. De esta suerte concreta Coleridge su simpatía, y su admiración ante las églogas emotivas de su amigo Worsdworth, en el bello ensayo crítico que le dedica. (Olivera, Estudios de Literatura Inglesa, t. I, p. 30-71, Madrid, 1917. Versión de A. A. Vasseur).

La influencia naturista rusticana de Worsdworth, — observa Caleridge — se extiende a Tennysson, Arnold y Browning. Tanto directamente, como por intermedio de estos últimos, que eran contemporáneos suyos; dicho influjo hubo de extenderse a Longfellow y a Whitman, como el de Coleridge se propaga a Poe. La misma simpatía, que por contraste, con su mágica misticidad suscitaban en Coleridge las baladas rusticanas de Worsdworth, explican nuestro antiguo fervor por los exaltados salmos profanos de Whitman.

No hallamos en los poemas de Whitman rastros del genius irritabile. Acaso eso sólo actuaba en el plano vital. Contribuiría a explicar ciertos colapsos y cambios de faenas, ciertas incidencias de sus peregrinaciones, variantes de tono anímico con los parientes y viejos amigos.

Sus glándulas parecen segregar normalmente, en la armonía de sus órganos básicos. No se manifiesta satírico ni sarcástico ni epigramático. Se nos muestra simple, tolerante, cordial. Los ritmos fluviales, de desbordante fluencia, así como la majestad del Aeda evocan la potencia y la figura de Bach. Cuando escuchamos sus conciertos, misas u oratorios, olvidamos el argumento creencial, los supuestos místicos. Como cuando nos embelesan el “Requiem” de Mozart o el de Beethoven. Siempre hemos gustado así los “Poemas de Whitman”. Dejándonos mecer en el oleaje de sus secuencias, gustando el poético hechizo de sus evocaciones, de sus quimeras tea metafísicas. Gratos a la ausencia de truculencias folletinescas, de patetismos melodramáticos, de rasgos grotescos, de tantas inverosimilitudes y afectaciones de fantasía y de estilo que malean las obras de otros grandes vates.

Cuando se recorren sus selváticos dominios, hay que dejar de lado los modelos retóricos europeos; parques ingleses o franceses, del siglo 17; jardines itálicos, retiros de Madrid o de Araujuez.

Whitman es el americano de esas generaciones y estados en formación, que revive en las narraciones de Cooper y de BrestHart, y en sus propias reminiscencias. Ya en las verdegueantes praderas del Norte, ya en las cálidas tierras del Sur, ya en los puertos y avenidas de las ciudades multitudinarias.

Querría saturar los talleres, escuelas, bibliotecas y museos, con las fragancias silvestres de los bosques, las ráfagas de las praderas, las emanaciones balsámicas de las mesetas, la claridad de las Floridas, las inmensidades azules de los lagos. Y como fondo, los contrabajos del mar en las costas, el sordo fragor de los océanos que oxigenan los estados de la Unión.

Un autodidacta como nuestro Aeda no podía sustraerse a la magia oratoria de los últimos “trascendentalistas”, ni renunciar, sin perecer arruinado, al esplendor de sus riquezas imaginarias. “Yo, mi alma y mi cuerpo, vamos, singular trío”. Es harto bardo, para despojarse de las riquezas verbales, que implicaba la fe — aún tan viva — “en el mundo invisible, en el alma, y en la inmortalidad”.


Los arcaicos dualismos que animan los cultos y culturas del Ganges, del Nilo, greco-egipciano, judeo-cristiano, duplican la naturaleza humana, y los escenarios cósmicos. Desdoblan falaciosamente la urdimbre concreta de los hechos, como los ambientes decorados con espejos. Del mito del descenso de Ishtar a los Infiernos, al mito del descenso de Ulises, o de Eneas, al descenso poético de Alighieri o al del vuelo de Mahoma al Edén islámico, el proceso de recimentación creencial, aparece de más en más recargado de prestigio “espiritual”. Estas fantasías, hechas ritos culturales, luego abstracciones culturales, hipóstasis poético religiosas, — simulan trocar a cada ser — homo faber, — homo credulus, — en el mamífero inmortal de esas odiseas seudo-espiríticas.

Los nombres se vuelven hombres. Las voces semidioses:

La verba, verbo. Cualesquiera verbo un dios racial.

Duplicada falaciosamente así la realidad, concreta, los entes se tornan “esencias” sustanciales. “Estas supuestas quintaesencias, aparecen sometidas a las consecuencias intelectuales de sus errores, o a las regresiones Kármicas, ‘por culpa de sus pecados...’”

¿Cómo exigirle que señoreara esos dualismos de la tradición filosófica occidental? Sustancia y espíritu. Bien y Mal, mundo visible, mundo invisible, cuerpo y alma, Luz y Tiniebles, Belleza y Fealdad, Orden y Cáos. ¿Acaso los superaron sus máximos contemporáneos? ¿Emerson, Poe, Longfellow, Tennyson, Carlyle, Eucken? Varios lustros más tarde ¿no andaban todavía haciendo cabrioles teológicas y teosóficas, pensadores más sistemáticos, más universales?

“Parece grandioso porque es difuso como las nebulosas gásicas. Sin núcleo ideológico original”. Tiene una sabia excusa. Ninguno de los maestros más o menos neoplatónicos de su época podía suministrarle ese núcleo. Y de administrárselo, habría sido harto más prosaico que poético, más gravitacional que ingrávido! Casi medio siglo habrá de transcurrir antes de que puedan ser aventados, exegéticamente, los misticismos, y los idealismos finiseculares. Antes que las espiritualerías se esfumen frente al criterio coexistencial. Y sólo reaparezcan elaboradas artificisiosamente por anticuados alquimistas, del tipo de Dilthey, de Heidegger, etc.

La tesis bélica que expone Tucidides a propósito de la guerra en el Peloponeso, implicaría la adaptación y la selección: “Sólo en poca proporción, la guerra se desenvuelve según las mismas leyes. A medida que se desarrolla, según las circunstancias va creando sus formas”. Los azares circunstanciales, van suscitando la morfología; órganos, instintos, redes néuropsíquicas. Más que efectos de un resorte energético interno serían resultados circunstanciales. Así las vesículas natatorias, en pulmones aéreos, la bolsilla contráctil en músculo cardíaco, la chorda dorsalis, en columna vertebral, las antenas nervales en sistema nervioso, la vértebre superior en cúpula craneana; las glándulas hormónicas, determinando los caracteres sexuales, físicos y psíquicos. De la calidad de las secreciones endocrinas, del equilibrio funcional de las glándulas dependerían el sexo, el desarrollo orgánico, la armonía funcional y el potencial neuro-psíquico. Lo que llamamos energía mental, sería suscitado, estimulado por la calidad de la secreción glandular.

Siendo las glándulas, biológicas, funcionalmente primarias, y los caracteres sexuales, físicos y psíquicos, secundarios, se desvanecen las especulaciones acerca del primado del “espíritu”; —fundamento de las filosofías místico-orientales y occidentales. Las experiencias y descubrimientos, en el plano endócrino, consolidan las bases de la psicología experimental: confirman la realidad biológica de la tesis coexistencial. Que unas inyecciones de extractos glandulares puedan afeminar a los hombres, virilizar a las mujeres, restaurar las deficiencias y achaques ováricos, rejuvenecer las senilidades, normalizar las anomalías psicopáticas! Lo que aún no pueden es infundir alta cultura y sentido crítico a los que no los han adquirido, mediante ímprobos trabajos selectivos; ni esa depuración ética, a prueba de seducciones sociales.

Estos prodigios experimentales confirman las intuiciones del Aeda faber, los encajes de esperanzas de sus salmos al progreso de las industrias y de las ciencias, en el “Canto de la Exposición”. Su fe en el porvenir sanitario y creador de los pueblos. Proyecta su ética vitalista a las humanidades y a los mundos futuros. A pesar de los desastres y de las derrotas parciales, todo marcha hacia fines de más en más mundiales. Nunca, ni en la bloqueada vejez, admite los posibilismos teocráticos a que alguna vez alude Nietzsche: “ni dejarse engañar. Ni consentir en el propio engaño. Ni colaborar en el engaño”. Tampoco denigra por contraposición colérica como Thoreaux: No apostrofa a los empresarios políticos; “de hombres de paja que predican a fantoches de paja”. No designa los templos como “casas de barajas adornadas con figuras de barajas”. No afrenta a los demagogos talares, a los arrieros de populachos confesionales, enrostrándoles su hipocrecía. No denuncia la perversión de los consejos de las instituciones “filantrópicas” al servicio de la hipocresía plutocrática, para la domesticación de las clases menesterosas.

Al final de su ensayo sobre el “Egotismo germánico” —menciona Santayana un párrafo de Montaigne—, continuador de los racionalistas greco-latinos, Plutarco y Séneca: También Whitman repite con el sesudo Girontino: “Aquel que coloca ante sí, como en un cuadro, esta vasta imagen de nuestra madre Naturaleza, en toda su magestad. El que ve en sus manifestaciones tanta variedad universal y continua; el que se discierne a sí mismo, en ella, simplemente como la más delicada de sus criaturas; y no sólo él, sinó todo un reino (la masa de hombres comunes), únicamente ése estima las cosas, de acuerdo con la justa medida de su grandeza”.

Para renovar tal sentido, — antiguo y moderno de la Naturaleza y de la Historia — debemos refirmar los derechos civiles de los pueblos, proseguir incansablemente la lucha en defensa de la Vieja Causa civilista. Secularizar las instituciones, secularizar la cultura, secularizar la educación y la instrucción primarias, secundarias, normales, superiores. Secularizar las costumbres, artes, oficios. Pues civilizar es secularizar: Secularizar es civilizar.

Proseguir, maestros, poetas, filósofos, estadistas, la eterna guerra civilizadora contra “las feroces Euménides del interés privado”, encarnadas en los tartufos de caretas democráticas, de caretas filantrópicas, de tantos antifaces con que carnavalizan la servidumbre de las masas y el comercio de las supersticiones.

“De los fueros civiles el goce sostengamos, el Código fiel veneremos, inmune, glorioso”.

Cuanto a la “animula vagula” de Santayana, ya veremos si los manes de Montaigne, Montesquieu y de Steinach logran preservarla, — en La cartuja romana — del deslizamiento en el limbo de las sublimerías neotomistas.

El ejemplar en rústica de los Poemas de Whitman, de la 1.a edición popular de Sempere, de 1912, enviado a la Exposición Internacional de California, fué premiado con medalla de Oro. — Con gran disgusto del editor rehusamos la medalla — que él hubiere deseado íxhibir en los escaparates de su Editorial. Nuestro colega, el cónsul general americano, nos decía a título de excusa: “Cuando se quiere una gran medalla se envía un ejemplar de lujo...”

En 1942, el interventor cultural Rockefeller, hizo grabar en ocho grandes discos algunos de los poemas más caracteríscticos de nuestra versión, recitados por un descollante actor mexicano. Los discos fueron propalados entonces por las principales emisoras continentales. Conservamos los que nos hizo remitir, como si fueran otras tantas enormes medallas de oro.

Lo que hicimos con Whitman, lo habíamos hecho desde 1902-1903 con algunos temas de la labor etnográfica del gran Lewis Morgan, autor de La Sociedad Antiguo, en nuestro ensayo crítico: Origen de las Instituciones, editados por Sempere en 1908.

Lo repetimos en 1918 en nuestras versiones, del Ancient Mariner de Coleridge, del Cuervo y de Ulalume de Póe, en colaboración con Olivero.

ALVARO ARMANDO VASSEUR

Comments?

Published Works | In Whitman's Hand | Life & Letters | Commentary | Resources | Pictures & Sound

Support the Archive | About the Archive

Distributed under a Creative Commons License. Ed Folsom & Kenneth M. Price, editors.